¿IA First?

Desde hace un tiempo, he venido escuchando el término «IA First» y, como suele ocurrir con algunos conceptos que nacen y se propagan en el ambiente tecnológico, me puse a reflexionar antes de darlo por correcto pese al auge de su uso. No porque la inteligencia artificial no sea una herramienta extraordinaria —lo es, y mucho—, sino porque la denominación en sí misma encierra una concepción que, si no se cuestiona, puede llevarnos por un camino equivocado.

¿Qué significa exactamente que la IA vaya primero? ¿Primero de qué? ¿Primero de quién?

«IA First» es, ante todo, un término muy de marketing o publicidad. Tiene el mismo origen que conceptos como «Blockchain» o «Cloud Base», que en su momento también capturaron la atención de las organizaciones para orientar decisiones tecnológicas. Y como todo término que se adopta con rapidez y sin reflexión, corre el riesgo de vaciar de sentido lo más importante: la razón de ser de cualquier empresa u organización.

El problema no está en la inteligencia artificial. El problema está en colocarla sin reflexión en las prioridades, donde, al hacerlo, inevitablemente algo —o alguien— queda debajo. Y ese alguien, en la mayoría de los casos, es precisamente quien debería seguir estando primero: el ser humano.

Human First, potenciado por IA.

Si queremos construir organizaciones verdaderamente competitivas y responsables en la era de la inteligencia artificial, la denominación correcta no es «IA First», sino «Human First, potenciado por IA». La diferencia no es semántica; es filosófica y, en la práctica, determinante.

Una empresa Human First reconoce que la inteligencia artificial es una herramienta —extraordinariamente poderosa, sí— pero una herramienta al fin y al cabo. Y como toda herramienta, su valor no reside en ella misma, sino en quien la configura, la orienta y la supervisa. La IA no tiene visión de negocio. No tiene valores propios. No asume responsabilidades. No comprende el contexto histórico, cultural o relacional de una organización. No tiene criterio construido a base de la experiencia. Todo eso lo aporta el humano.

El humano como arquitecto de la IA.

Hay una tarea que ningún sistema de inteligencia artificial puede realizar por sí solo, y es, precisamente, la más importante: establecer los criterios, los contextos, los parámetros y los objetivos que determinarán la calidad de sus resultados.

Una IA produce lo que se le instruye producir. Si los criterios son vagos, los resultados serán vagos. Si el contexto está mal definido, la IA trabajará sobre premisas incorrectas. Si los parámetros no reflejan la realidad de la organización, los resultados serán ajenos a ella. El humano es, en última instancia, el arquitecto de la inteligencia artificial: sin su intervención, diseño y supervisión, la herramienta más sofisticada del mundo produce ruido, no valor.

Esta función —la de arquitecto— no puede delegarse a la propia IA. Requiere experiencia acumulada, criterio profesional, conocimiento profundo del negocio y, sobre todo, algo que la tecnología aún no puede emular: la capacidad de discernir entre lo que es correcto y lo que simplemente parece correcto.

El caso del abogado: un ejemplo que lo dice todo.

En el campo del Derecho, donde me desempeño, la tentación de sustituir al profesional por una solución de inteligencia artificial es particularmente riesgosa y, a la vez, particularmente ilustrativa de por qué el «IA First» puede ser una idea mal concebida.

Ninguna opinión generada por una IA puede reemplazar la opinión jurídica de un abogado. No porque la IA no pueda procesar miles de criterios, leyes, precedentes y doctrina —puede hacerlo y con una velocidad que ningún humano igualará—, sino porque el Derecho no es solo información. Es interpretación. Es contexto. Es la comprensión de las consecuencias prácticas de una decisión en un entorno regulatorio específico, con un cliente específico, en una circunstancia específica.

El abogado que implementa y configura una herramienta de inteligencia artificial para la revisión y generación de documentos no está siendo reemplazado; está siendo potenciado. Puede revisar más contratos, identificar inconsistencias con mayor velocidad, producir borradores más rápido. Pero quien valida el resultado final, quien asume la responsabilidad profesional y ética de ese resultado, quien lo ajusta a la realidad del cliente con toda la experiencia que solo da la práctica de la profesión, es el abogado. Y lo seguirá haciendo.

Perder esta función bajo el argumento de «IA First» no es eficiencia. Es negligencia.

Lo que la IA todavía no puede hacer.

La IA aprende de datos históricos. Esto significa que, por definición, replica patrones del pasado. La visión de futuro, la capacidad de identificar oportunidades donde otros solo ven riesgos, la habilidad de construir relaciones de confianza con un cliente, la intuición que permite tomar decisiones en escenarios de incertidumbre radical —todo eso sigue siendo, y por mucho tiempo seguirá siendo, exclusivamente humano.

Conclusión.

«IA First» es un término que aunque bien intencionado, puede llevarnos a una concepción incorrecta del lugar que corresponde a la inteligencia artificial dentro de las organizaciones. No es que la IA no deba ser una prioridad estratégica —debe serlo—, sino que convertirla en el punto de partida de todo, ignorando o minimizando el papel central del ser humano, es un error que las organizaciones pagarán caro: en calidad, en responsabilidad y resultados.

La inteligencia artificial es una herramienta transformadora. Pero las herramientas son eso, no tienen criterio ni visión. Las personas, sí.

Seamos Human First, potenciados por IA. La persona establece el rumbo, define los criterios, aporta el contexto, supervisa los resultados y asume la responsabilidad. La IA acelera, procesa y potencia. Cada una en su lugar; las dos, juntas, imbatibles.


Escrito por: Augusto MENESES.

Abogado Especialista en Tecnologías de la Información.